lunes, 16 de julio de 2012

TEMOYO

Reginaldo Canseco Pérez
UN SITIO HISTÓRICO

Mira, de Temoyo sólo conozco lo que muchas personas me contaron cuando estaba en su última etapa de esplendor, pero realmente las nuevas generaciones y el pueblo en general no conocen lo que significa este lugar para Acayucan. Temoyo, ubicado al suroeste de la localidad, en las goteras del antiguo barrio San Diego, es un espacio muy antiguo de Acayucan, tan antiguo que se puede asegurar que sus manantiales se hallaban ya en aquellos primeros años en que los aborígenes prehispánicos empezaron a poblar la región y se fue conformando poco a poco el pueblo de Acayucan. Los naturales en sus migraciones buscaban el medio de subsistir, como el agua, la caza y buenas tierras para el cultivo. En ese sentido una importante zona de manantiales para ellos fue Temoyo, porque en aquel entonces se encontraba compuesto de muchos nacimientos. Precisamente por esa antigüedad contaban numerosas leyendas en relación a él. Cuando llegaron los españoles a fundar la villa del Espíritu Santo, hoy Coatzacoalcos, en 1522, Acayucan como otros tantos pueblos de su alrededor ya se encontraba asentado en el mismo lugar que hoy ocupa. En esa época este pueblo proseguía perviviendo gracias a sus manantiales, particularmente por los de Temoyo.

En el siglo XX, el pueblo aún se abastecía de agua en Temoyo. Todavía en los 40, acudían los aguadores hasta ahí con sus burros u otras bestias y llenaban en la fuente sus latas cuadradas de agua y las iban a vender a las refresquerías y casas; las mujeres generalmente acarreaban de esa agua a sus hogares en cántaros, pero también lo hacían en latas o en cubetas. En el pueblo había norias o pozos, pero el agua de Temoyo era delgada, dulce, fría, no había otra agua como la de Temoyo, todo mundo en Acayucan prefería el agua de Temoyo; hubo hasta fábricas de gaseosas que ocupaban para ello agua de Temoyo. Una de ellas, llamada La Favorita, quedaba ubicada a mediados de los 30 en la calle Juan de la Luz Enríquez, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, casi en esquina con ésta última, que por el 46 cambió de dueño y la trasladaron a la Guadalupe Victoria, frente al parque, con el mismo nombre. Los dueños tenían empleados que con burros o caballos les llevaban el agua de Temoyo, para hacer las gaseosas. La primera fábrica de éstas en Acayucan ya funcionaba en 1928, en la calle Moctezuma, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, aunque no demoró mucho tiempo.

Todos en Acayucan acudían a proveerse de agua para beber ahí en Temoyo, o la adquirían. La gente de Acayucan entonces tenía conciencia del valor de ese bienestar y daba mantenimiento tanto a la fuente como a los manantiales. La fuente, que se hallaba en medio del área, tenía forma de cúpula y poseía cuatro cachitos de tubo, que marcaban los principales puntos cardinales, por donde brotaban los chorros de agua. La fuente se nutría de los manantiales primigenios situados en la parte sur, por medio de un tubo de fierro enterrado. En 1908, de acuerdo a la tradición, el jefe político Ángel J. Andonegui mandó erigir la fuente mencionada y también acondicionó los veneros originales en forma de tres pocitos cuadrados, con paredes de ladrillo y repello. Pero la fuente empezó a enterrarse y a principios de los 60 quedó completamente sepultada por el deslave de las lomas norte, noreste y sur-oeste. En la parte occidente de la fuente, que era la parte más baja de la hondonada, algunos vecinos sembraron zacatales para vender y para alimentar a sus propias bestias, lo cual contribuyó a que se soterrara aún más la fuente, que fue substituida por otra que levantaron previamente al oriente de la primera, alimentada también por el mismo tubo que sustentaba a la anterior. Esta última fuente dejó de ocuparse en los 80, por la perspicacia de que los manantiales se hubieran contaminando con el arroyo de aguas negras, antaño cristalinas, que atraviesa la extensión. El presidente municipal Maximiano Figueroa Guillén mandó construirle un largo colector y emparejar la explanada en 1993. Las autoridades municipales posteriores no hicieron absolutamente nada para rescatar y preservar la tradición de este sitio. Los terrenos, al pie de la loma sur, por la ahora calle Juan Álvarez, donde se localizan los pocitos de los manantiales primitivos, tiene muchas décadas que fueron vendidos a particulares por las honorables autoridades municipales. En 1981, años hacía de haberse perpetrado aquello, de acuerdo a los testimonios que entonces me proporcionaron los viejos vecinos inconformes por ese desatinado hecho.

Temoyo, por su topografía, su historia, el invaluable servicio que proporcionó al pueblo y la magia del lugar, no merece el abandono y el olvido en que ha quedado inmerso, sin ningún aprovechamiento de su espacio acorde a lo que fue. Sin embargo, para ratificar esa fatalidad que persigue empecinadamente a Temoyo, a fines de la primera década del siglo XXI, las autoridades municipales, visionarias, ingeniosas, muy enteradas y respetuosas de la historia local y cultas, modificaron en parte el relieve de esa superficie, pero sin ton ni son, deformando y dañando con eso no sólo el aspecto original sino asimismo lo inherente, es decir el valor intangible del sitio, que es un patrimonio histórico del y para el pueblo de Acayucan.

Todo lo que he dicho hasta aquí, es tan sólo un breve preámbulo y espero que también sirva de marco a la exposición que haré a continuación de las principales leyendas que he oído en torno a este legendario lugar.

EL NOMBRE

En 1980 oí a algunos ancianos rememorar que en tiempos pasados creían que Temoyo era un ámbito encantado, por todo lo que se contaba sobre él y porque se hallaba rodeado de espeso follaje, debido a lo cual exclamaban: “¡Temo yo!”, aseverando que de ahí brotó su nombre. Uno de esos ancianos fue don Francisco Antonio Mariano, nacido en 1902. Hoy, tres décadas y dos años después, en que escribo el presente tema, aún persiste en la memoria de algunos actuales longevos esta tradición oral, como es el caso de los señores Evaristo Morales Ramírez, nacido en 1927, y Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928. Así, la leyenda explica a su manera el origen del nombre de Temoyo; no obstante que en realidad Temoyo se deriva de Temoayan, palabra náhuatl, que significa lugar por donde se baja, declive o pendiente. Temoyo era el lugar encantado por antonomasia de Acayucan.

LA LOMA DE TEMOYO

La loma sur-oeste es llamada desde la antigüedad la Loma de Temoyo; es la única loma del alrededor que tiene un nombre propio y es la más extensa, elevada y misteriosa. La Loma de Temoyo empezó a ser poblada allá por 1925. Los primeros vecinos de ese lugar, entre ellos don Francisco Espronceda Palacios, contaban que antes de que ellos lo moraran nadie quería vivir allí porque todos en Acayucan lo creían un cerro encantado. Entonces en aquel espacio había puro monte y bosque. Consultando hace ya algunos años a varios relatores ancianos, la mayoría viejos vecinos de Temoyo, entre los cuales se hallan doña Esperanza Joaquín Gómez, Anastacio Morales Tolentino, Gilberto Santos Sánchez, Juan Baruch Alfonso, Manuel Reyes Aguilando, Petra Castillo Culebro y Humildad Espronceda Ramírez, hija de don Francisco Espronceda, sabemos que hasta años después de haberse habitado la Loma en ese espacio seguía habiendo antiguos, enormes y gruesos árboles como los de mango manila, criollo y rosa, palo colorado, tres lomos, tepecacao, palo de hule, zapote mamey y domingo, chancarros y cafetales. Pero desde luego también había animales de aire y de tierra: loros, pito reales (los tucanes o “pico-de-canoa”), cotorros y zacua (amigo del pepe); todos éstos comían las semillitas del tepecacao. Igualmente se veían allí las chachalacas que cantaban en las lomas, las torcazas y los esquibús (que son palomas rabonas, del tamaño de una gallina). De idéntica manera se reproducían en aquel ecosistema los conejos, el venado y el mazate (estos dos últimos hacia el poniente), el zerete (que es más grande que el conejo, negro y ceniciento, y con orejas chicas), ardillas, tepezcuintles, zorros, iguanas verdes, tejones, armadillos, jabalíes (que se les veía más retirado), y por las noches atravesaban los coyotes rumbo al monte de Oluta; “era un aulladero”, me dice doña Humildad.

La parte que se tenía por la más alta en la Loma era nombrada El Pico de la Loma de Temoyo, ubicado éste en la ahora calle Francisco I. Madero, entre Belisario Domínguez y Benito Juárez, casi frente al domicilio de doña Humildad Espronceda (nacida en 1936). Punto que, al abrirse la calle e irse acondicionando, fue rebajado en reiteradas ocasiones. Refería don Francisco Espronceda, su primo hermano Juan Chontal y los otros primeros avecindados en la Loma que, antes de ser poblada ésta, en El Pico, en punto de las doce del día, en medio de las tenebrosas sombras del monte, se oía cantar a un fantasmagórico guajolote, y a las doce de la noche, en el mismo paraje, se oía rebuznar a un sobrenatural burro. Y cuando al fin fue poblada la Loma, encontraron una añejísima carreta bien atiborrada de esqueletos humanos, que posteriormente fueron sepultados en el panteón. Todos supusieron que la carreta y su macabro contenido habían sido dejados ahí por los rebeldes.

La Loma de Temoyo fue habitándose paulatinamente, al principio las contadas casitas de barro y tejas o de cercado de palos y techo de palma estaban salteadas entre el monte. Las bolas de lumbre, que desde los tiempos remotos se veían allí por las noches alzarse y volar sobre los antiguos y gigantescos árboles, continuaron contemplándose en esa época y hasta muchos años después. Don Manuel Culebro Cordero, nacido en 1916, siendo joven, fue uno de los vecinos de Temoyo que veía esas bolas de fuego; en su caso las miraba elevarse por encima de un enorme árbol de mango manila que estaba en la hoy esquina de Benito Juárez y Juan Álvarez, cuando todo por ese rumbo era fincas. También había quienes las miraban, igualmente por las noches, al suroeste de Temoyo, entre las ahora colonias urbanas Revolución y Los Ramones, por el camino de Ixtmegayo, me relató don Pedro Ruperto Cruz.

En 1915 Barrionuevo se hallaba al sureste y distanciado de Temoyo, alrededor del campo de juego de beisbol, campo donde décadas adelante sería construida la escuela secundaria federal de Acayucan. Pero Barrionuevo -el último de los barrios surgidos- era entonces muy pequeño y apartado del núcleo poblacional. Para llegar a él saliendo del pueblo había que avanzar por vereditas solitarias abiertas entre el verdor y dejar atrás el barrio Cruz Verde y los manantiales de Temoyo. Barrionuevo aparece mencionado en el libro de actas de cabildos de 1915, que consulté hace muchos años en el Archivo Histórico de Acayucan, institución que a mediados del 2011 las incultas pero, ¡ah!, eso sí, muy pomposas autoridades del municipio, en un acto de bárbaros, despojaron de su espacio, la arrinconaron y entregaron a la destrucción.

En la falda de la Loma de Temoyo, hoy en el fondo del patio del domicilio de don Anastacio Morales Tolentino (nacido en 1927) y su esposa Dominga Culebro Antonio, localizado en la esquina de Belisario Domínguez y Juan Álvarez, en la época en que allí era monte, de acuerdo a lo que me contaron ellos mismos, había un gigantesco y ancho árbol de mango manila, sobre el que la gente aseguraba que a las doce del día los que se hallaban cerca escuchaban que desde arriba de su copa caía un “cueramiento” (un montón de cueros) y enseguida como que lo arrastraban, pero cuando acudían a verlo, ya era un perro grande y negro.

El diablo vivía en la Loma de Temoyo, que en parte era monte, en parte mangal y en parte fincas, aun cuando ya la habían empezado a poblar. Entraba y salía por el hueco de un viejo árbol (la tradición no aclara qué clase de árbol involucra). El diablo bajaba por las noches de la Loma, especialmente en las noches calurosas, y llegaba hasta la fuente para bañarse al pie de ésta. Muchas veces los vecinos oían que a las ocho, nueve o doce de la noche alguien se bañaba junto a “La Bomba” (la fuente), pero cuando salían a ver no había nadie: era la mala hora, el diablo, que se estaba bañando. Lo anterior me fue referido años ha por varias personas sumamente ancianas, entre ellas doña Esperanza Joaquín Gómez, Ricardo Cruz Rodríguez (Don Richi), nacido en 1917, y Anastacio Morales Tolentino, vecinos veteranos de Temoyo. Empero los niños ven lo que a los adultos les está vedado: una vez, cuando don Richi tenía como 12 años, él y un compañerito -incitados por las consejas que oían de boca de los mayores- espiaron al diablo cuando se estaba bañando en la noche, pero el diablo que se hallaba encuerado, como cualquier mortal que se baña, los correteó enojado. Don Richi no sintió miedo. (Fragmento).

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